sábado, 27 de agosto de 2011

When the levee breaks

Otra vez se me acumulan los acontecimientos. Como si no tuviera suficientes cosas pasándome por dentro, la ciudad no deja de darme cosas para contaros.

Estaba hace unos días tocando la guitarra en casa (una guitarra de la que hablaré en otro momento), cuando tuve una sensación parecida a la que tienes en el cuerpo cuando estás esperando en el andén y está llegando el tren a la estación. El suelo temblaba. "Pero aquí no hay trenes", pensé. Unos minutos después, recibí un SMS de mi amiga Brooke:

"¿¿Has sentido eso??!"

Sí. Había sido un terremoto. Muy ligero, sin consecuencias, pero un terremoto.

Hoy me encuentro en el sofá de casa antes de irme a continuar haciendo la compra. Hay aviso de alarma y evacuación en gran parte de Manhattan porque en las próximas horas llega Irene, un huracán. He estado mirando los mapas publicados por las autoridades donde hablan de las zonas de riesgo. La zona de riesgo termina, concretamente, a una manzana de mi casa. No me voy a mover, entre otras cosas, porque no tengo dónde ir.



He hecho caso de la gente del barrio y me he hecho con linternas, comida, velas y agua. Probablemente corten la electricidad en unas dos horas. Todos los medios de transporte dejarán de funcionar en una hora. Los Starbucks no abrirán. Ni siquiera Apple en la Quinta avenida, que abre 24 horas. Se respira una especie de tensión y sentimiento de alarma raros. Ayer cuando fui a comprar, no cabía un alma más en el supermercado. No quedaban cestas y tuve que hacer 30 minutos de cola para pagar todo lo que me cabía en los brazos. Hice la compra en tres supermercados distintos.

Reconozco que en todo el día de ayer no sabía muy bien en qué grado de alarma tenía que poner mi mente. Reconozco que las últimas horas de ayer, cuando no quedaban linternas ni radios portátiles en ningún sitio, estaba asustada. Anoche, en un de esos giros de la vida que mi profesor Ángel Gómez tenía  a bien llamar "Feliz Coincidencia", llegaba un amigo de visita desde Mississippi. Va a quedarse conmigo todo el fin de semana y, de repente, mi estado de alarma y mi preocupación disminuyeron considerablemente en cuanto le vi apoyado en la escalera de mi portal. Grande, fuerte, sonriente. Sólo podía pensar: menos mal. Menos mal.

Me preocupan las ventanas de cristal de mi edificio. Mi ventana, que llevaba rota un mes, la arregló nada más llegar. "¿Deberíamos poner maderas? ¡Dicen que podrían romperse! ¿Debería comprar comida en lata? ¿¿¿qué hacemos???!!"

Con la tranquilidad que le caracteriza  y su acento sureño, me dijo: "estar tranquilos, eso es lo que hacemos".

Y aquí estoy. Irene llega en unas dos horas y está lloviendo fuera como si al cielo le hubieran dicho que es el último día que le dejan llover. Y yo estoy tranquila porque me acaba de explicar que el huracán ya está a un nivel 1 y es prácticamente imposible que esta zona se inunde. Me ha explicado muchas más cosas sobre cómo funcionan los huracanes y estoy más tranquila. Él, siendo de Mississippi, ha pasado por varios. Concretamente, sobrevivió a uno bastante terrible que destrozó su casa e hizo que perdiera a personas y cosas de mucho valor.

Don't worry, honey, this Irene is a baby hurricane. It's not Katrina.

Sabe lo que dice.





jueves, 18 de agosto de 2011

Pulled in a new direction


Me siento en Starbucks con un café y el chico de la mesa de enfrente subraya y sujeta un taco de papeles mientras se los lee enérgicamente a un interlocutor imaginario.

Está lloviendo mucho fuera. Lleva unos días lloviendo todo el rato a intervalos.  Ayer comí con Jana y luego fuimos a ver una película a su casa. Es el plan que hace todo el mundo cuando llueve. Todos menos los turistas. Después de la escuela, no me siento con fuerzas de hacer turismo. Y es ahora cuando más agradezco haber venido a esta ciudad múltiples veces. No quiero tener que ver cosas. No quiero tener que darme prisa.  Como le explicaba a mi hermana el otro día, de algún modo, en la escuela, me han abierto las tripas y las han esparcido por las paredes. Me han echado tantos jarros de información por encima que sigo en el suelo intentando ordenar piezas de puzzle. Es la razón más importante por la que no he estado escribiendo aquí durante el curso.  En el tiempo que me queda ahora en Nueva York,  tengo que dedicarlo a una tarea que tiene que ver con la publicación de un libro, (larga historia) y a descansar.  Descansar.

No puedo evitar sentirme culpable cuando siento que tengo que dormir diez horas en lugar de ocho. Estoy en Nueva York. Y estoy agotada.

(...)

Retomo este texto unos días más tarde en otro Starbucks. No es que me guste la cafetería, que de hecho la odio, es que es la manera más fácil de tener acceso a Internet,  comodidad de un sofá y café en todas partes, porque están por todas partes.

Jana se ha ido esta mañana. Y no sé cómo lo ha hecho, pero ha dejado Nueva York vacío. Ella es la chica que no podía dejar de mirar el primer día de clase, porque es preciosa. Y cuando habla, lo hace sonriendo los ojos y disminuyendo el volumen de su voz tanto que casi hay que intuir lo que dice. Y me encanta.  Quise ser su amiga desde el primer día, pero era muy callada y sólo abría mucho los ojos y sonreía mucho. Me gusta la gente que mira con atención más que la que habla todo el tiempo. No hice nada para que nos conociéramos antes, simplemente un día, pasó: '¿Tienes pareja para hacer la tercera escena de clase?' Y así empezó. Yendo a ensayar a su casa, comprando cosas de comer por el camino, hablando de ropa, de las clases, de los chicos.  Jana y los chicos.  Es la chica más sexy que he conocido en mi vida. Y con ella todo es tan simple, tan fácil. Toda la intensidad de las clases se desvanecía rápido cuando hablaba con Jana de nada importante.  Incluso la escena que hacíamos juntas, que enfrentaba a nuestros personajes por haber compartido chicos, ayudó a unirnos más. Y su casa, siempre fresquita en el Infierno de Cocinas en el que vivimos. Viviendo a diez minutos de mí, y siendo mi casa todo menos un hogar, Jana ha supuesto un punto de apoyo importante. La casa de Jana era la salida de mi agobiante estudio. Pero se ha ido esta mañana de vuelta a Florida. Aunque ella volverá a NY, no sé qué posibilidades tendré de hacerlo yo.  Ya la hecho de menos, pero ahora vamos en direcciones distintas, nuevas. Tal y como lo cantó ella en el Cabaret. 


lunes, 15 de agosto de 2011

To be a performer


Sé que no tengo perdón, pero todo esto ha sido tan intenso que todavía lo estoy digiriendo. Y ya que me quedan dos semanas en NY antes de poner rumbo a California, no me parece mal empezar por el final. El curso ha acabado. Cerró con el Cabaret, y la posterior cena de despedida, de la que hablaré en otro momento. 

 Nos han pasado ya los vídeos de la actuación. Tenemos un número de apertura común, luego cada uno canta su canción y luego otro de cierre. La canción de la apertura y el cierre se llama 'To be a performer', que significa 'Ser artista' y la letra dice algo así como: 'prepárate para sufrir una condición crónica el resto de tu vida.' Por lo difícil que es la vida del artista y lo que cuesta sobresalir, Justin, nuestro talentoso profesor de baile, nos había preparado una coreo acorde con la situación: todos saldríamos al escenario enganchados como en un tren, de adelante atrás, hasta llegar al final del escenario formando una fila "un poco agolpada", intentando sobresalir. Algún brazo por aquí, alguna cabeza por allá, pero sin salirse de la fila. Lo que pasó fue inmensamente más grande. 




Sí. Nos caímos al suelo. Como no he escrito en el blog durante el curso, no os había contado que en todos y cada uno de los ensayos, la compañera que va delante de mí en esa fila me pisaba alguno de los pies. Como la quiero mucho, no se lo tengo en cuenta, pero cada uno baila como puede: yo a destiempo, ella con torpeza. Esto es así. Normalmente quitaba el pie, pero este día no lo hizo. Pisó y, supongo que de los nervios, clavó su tacón en mi empeine, inmovilizándome por completo. Recuerdo estar pensando: "This is it", como la peli de Michael Jackson, mientras me caía al suelo. Por supuesto, me agarré a ella, uniéndola a mi viaje. Y así, según iban llegando, todos los demás. Os juro que puedo ver el video mil veces seguidas y no me canso. Me encanta la reacción que tiene todo el mundo. Lo más divertido fue ver a los estudiantes de los otros grupos pidiéndole explicaciones a Justin de por qué ellos no habían tenido esa coreografía tan chula. Lo único malo que tuvo esa improvisación es que minó mi concentración el 90% del baile, porque no podía dejar de reírme. Sé que no fui la única, aunque sí a la que más se le nota. 

Tengo la sensación de que no podría haber salido mejor.