viernes, 16 de noviembre de 2012

"I never celebrate my birthday"

Ayer, 15 de Noviembre, fue el cumpleaños de Daniel. Daniel es el chico que ha redefinido muchos conceptos en mi cabeza relacionados con el funcionamiento de las personas, empezando por mí, continuando por él y acabando en el funcionamiento del amor. Para hablar de él podría escribir páginas enteras y todavía me faltaría espacio, pero voy a intentar resumirlo:  es mi polo opuesto. Donde yo lleno de palabras los minutos del día y salto de un sentimiento al contrario, Dani es una balanza de colores intermedios que necesita el silencio para comunicarse. El silencio y los gestos. Digamos algo así como que una palabra de Dani vale como mil de las mías y que, a su vez, un gesto mío vale como algunas de sus palabras. Eso fue exactamente lo que pasó ayer.

Llevaba unos días preguntándole qué quería hacer por su cumpleaños. Nada, nada. Nunca lo celebra. No lo celebra desde que es pequeño. Lo único que quiero es acabar mi libro, dijo.

Y con la constancia que le caracteriza y de la que yo aprendo y admiro cada día, terminó su libro dos días antes de cumplir 27 años. Aunque hice un tremendo esfuerzo por intentar entender y respetar que no quisiera celebrar su cumpleaños, el hecho de que hubiera acabado el libro me parecía un motivo de celebración mucho mayor y perdérselo me parecía inadmisible. Si lo único que quiere por su cumple es su libro y yo quiero que tenga una tarta, pues manos a la obra. Me propuse hacer una tarta con el dibujo de la portada del libro de Dani, que es esta:




Me fui a la tienda Taste of America, donde compro todas las cosas de cocina yankee que me da por hacer siempre. Fui a dos de ellas, y en la de Cea Bermúdez me atendió un chico encantador que además  sabía de pinturas y visualizaba la tarta según se lo iba contando. Siguiendo su consejo, compré un preparado para bizcocho Red Velvet, que no es más que bizcocho con sabor a chocolate y vainilla pero tintado de un rojo muy elegante. Me hice también con un preparado de icing -azúcar que se endurece para la cobertura de la tarta- y pinturas comestibles. Supongo que son jarabes de glucosa con colorante. Espero.


Me levanté a las 8 y a las 9 de la mañana ya estaba preparando el bizcocho. El resultado del bizcocho era este:


Luego me puse a moldear el icing, que en realidad es casi como la plastilina y a pesar de mis casi 27 años también, no hay nada que más me guste en el mundo que moldear plastilina. Hice una cobertura normal y le añadí una tira extra en uno de los lados a modo de borde del lomo del libro. Algo así:


Luego me senté con la tarta frente al portátil con la foto de la portada original y me puse a pintar con un pincel. Haciendo caso del chico de la tienda, empecé por las zonas más claras y de ahí fui a pintar las zonas más oscuras. En muchas ocasiones me ayudé de las manos, acabando con los dedos color pitufo el resto del día. El degradado del color de un anochecer no es NADA fácil de pintar sobre el azúcar. Sobre todo cuando en realidad no tienes ni idea de lo que estás haciendo.



Mientras yo trabajaba en esto y luego iba a ensayar con mi grupo, mis amigos Álvaro e Irene preparaban la casa de Dani con girnaldas, globos, corona de rey y todos los detalles que podrían avergonzar a un tímido no-cumpleañero como él. Y unos canapés increíbles que preparó Irene. Sólo para los amigos más cercanos. Cuando acabé, la tarta quedó así:









Después del ensayo quedé con Dani en mi casa. Pedí disculpas por no haberme dado tiempo a hacer la cena especial que le había prometido y le dije que fuéramos a su casa y pidiéramos una pizza. Del sabor que tú quieras, para eso es tu cumple. 











Y llegó el momento de darle la tarta. Este momento me gusta porque noto cómo apenas se le nota por fuera pero está desbordado por dentro. He aprendido a leer sus silencios y eso me encanta. Un detalle gracioso final fue el momento en el que me dijo "sí, de hecho había visto la foto en tu ordenador" y me dio un miniataque al corazón pensando que se refería a la tarta, pero sólo se refería a la imagen que utilicé como referencia. Fue una fiesta realmente bonita.



lunes, 12 de noviembre de 2012

THAT Style


Llevo un mes dándole vueltas a esta anécdota y no la había contado antes por no estar segura, pero es que no puede ser de otra manera. Sucedió y aquí lo cuento:

En julio de 2011, mi hermana Rocio, su amiga Rosa y una servidora estábamos paseando por el barrio coreano de Manhattan muertas de hambre. Era alrededor de media noche y las cocinas de todos los sitios estaban cerrando, así que dimos vueltas hasta encontrar un sitio de apariencia un poco sospechosa al que se llegaba subiendo unas escaleras y cruzando un pasillo oscuro.

Lo que allí encontramos fue un restaurante más coreano que la propia Corea. Éramos, clara y llamativamente, las únicas forasteras del sitio. Sin entender nada de lo que nadie decía y bajo la mirada atenta de clientes y trabajadores, una camarera nos guió hasta una mesa y nos dio unos menús para nosotras incomprensibles, así que con un inglés un poco roto y señas, acordamos que nos traería platos "que pudieran gustarnos". Lo más rico que recuerdo son unas hojas muy grandes de no sé qué árbol rebozadas en no sé qué. Estaban exquisitas.

Al terminar de comer, una de nosotras, no recuerdo cuál, fue al baño. Sólo había uno y estaba ocupado. Quien fuera que lo estuviera ocupando tardaba tanto que en pocos minutos nos juntamos las tres en la puerta del baño y nos pusimos a hablar.

Entre nuestros "qué rica la comida", "llevamos aquí dos horas y la gente nos sigue mirando como cuando entramos", "estoy cansada y me quiero ir a dormir" "pues yo quiero salir un rato" se nos acercó un chico con paso decidido y una sonrisa notoria. Era muy bajito y se adivinaba una barriga generosa bajo su camisa blanca. Tenía bastante acné, una cara muy grande y muy redonda y un inglés mucho más fluido que el resto de coreanos del sitio. Pensábamos que venía a ver quiénes éramos, sin embargo descubrimos pronto que en realidad lo que estaba deseando era contar quién era él. La conversación, que no recuerdo con nitidez, fue algo parecido a esto:

P - Hola chicas, ¿Qué hacéis aquí?
Chicas - Pues... hemos venido a cenar.
P - ¡Pero no sois coreanas! Hahahahahahahaha.
Chicas - Ya. Somos las únicas no-coreanas, de hecho. Ha sido curioso.
P - Sí, llevo mirándoos toda la noche. ¿Por qué no os venís de fiesta con mis amigos y conmigo?
Chicas - No, muchas gracias, tenemos planes.
P - Vamos, venid! Lo vamos a pasar bien! Además, soy famoso.
Chicas - Genial! Nos alegramos mucho, pero teníamos planes de ir al 230 Fifth.
P - No, venid conmigo! Vamos, venid con nosotros, que soy famoso! De verdad, soy muy famoso en Corea.
Chicas - Y qué es lo que haces?
P - Soy rapero, cantante y bailarín.
Chicas - Qué divertido. Oye, pues pasadlo muy bien esta noche.
P - De verdad, venid, venid, que soy muy famoso. I made a famous dance.

Recuerdo este momento claramente porque no me cuadraba nada lo que me estaba contando con su físico. En todas las clases de baile que he recibido en mi vida, nunca había visto a un bailarín con un cuerpo en tan baja forma. No que el físico fuera determinante para hacer algo en concreto, pero es como si alguien que no habla una palabra de francés te dice que es profesor de francés en la universidad. Aunque podía estar equivocándome, esa era mi impresión según me contaba aquello.

Después de repetirnos que era famoso un número enfermizo de veces, nosotras adoptamos la actitud femenina de

Vete a casa, Steve.


Pero es que realmente, el tío era un pelma. Estábamos muy cansadas y se acercaba mucho a nosotras para hablar. Esto producía un efecto acorralamiento en el pasillo del baño que nos incomodaba y el hecho de que hubiera unos setenta coreanos mirándonos fijamente no servía de ayuda.

Finalmente y para que nos dejara marchar, intercambiamos el número de teléfono con él. No recordaba su nombre, sólo recordaba que empezaba por P y era una sola sílaba. It's a family name, dijo. Vamos, el apellido.

Después de darle muchas vueltas e investigar los recuerdos de mi hermana, buscar fotos y hacer memoria, he concluido que el chico que nos dio la lata aquella noche de Julio es, efectivamente y contra todo pronóstico nuestro de entonces, muy famoso y muy bailarín. De nombre Park. Bueno, de family name.





Parenthesis

La razón por la que escribo esta entrada un año y medio después es complicada, larga y demasiado tediosa como para contarla ahora. Vuelvo, supongo. Un poco. A medias. No lo sé.